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Cuando me tildan de apatria pueden tener razón: no quiero la patria que tenemos

Por Revista Don Juan

Viernes 17 de octubre de 2008

Piedad Córdoba todavía guarda silencio. Sus manos se pasean por su turbante y luego juegan con una botella de agua que hay sobre la mesa. Son las diez de la mañana y un tumulto de estudiantes espera a la entrada del auditorio de la Universidad Santo Tomás. Las puertas están cerradas y no se ve una silla disponible. Cuando anuncian su intervención, los jóvenes que han quedado afuera golpean con las manos las paredes del salón. No hay alternativa: los organizadores vuelven a abrir para que todos entren, así deban permanecer de pie, apretujados, o sentados en el suelo.

–Gracias por la osadía de invitarme –empieza la senadora. Días atrás, en la Universidad Nacional, Piedad Córdoba había llamado a los estudiantes “a la subversión”, “a la rebeldía” y esas palabras formaron tal alboroto (uno más en su lista) que ella alcanzó a pensar que no iba a volver a pisar un centro universitario. Guerrillera, apátrida, negra hp, terrorista, gorila, loca, y un etcétera de insultos aparece en muchas personas con solo oír su nombre. Sin embargo, esa mañana del 24 de septiembre la rodeaban los aplausos. “Los invito a subvertir este régimen”, “a acuñar el pensamiento de Bolívar”, “a no ser el portaaviones de la guerra en América Latina”. Aplausos. Los jóvenes festejaban cuando ella se refería a “los videos universitarios de Gina Parodia, digo, Parody” o “a Radio Casa de Nariño y Paracol, ¿o es RCN y Caracol?”.

A Piedad no la calla nadie. Nunca. No lo logró su familia, que muchas veces le pidió mesura y acabó por acostumbrarse. Tampoco lo consiguió el paramilitar Carlos Castaño, que la secuestró en 1999 y después afirmó que había sido la secuestrada más difícil de manejar. Mucho menos la callan los agravios que le lanzan por la calle o por Internet y que –por citar lo menos– le desean que se largue del país o se ponga un delantal y se dedique a servir tintos. “Solo les queda decir que soy el diablo. No me faltan sino los cachos, la cola ya la tengo”, dice y suelta una de sus rotundas carcajadas. Al final de la charla, un grupo de jóvenes, celular en mano, la busca para hacerle una pregunta más y tomarse una foto con ella. Sí: una foto con ella.

–La imaginaba más resguardada en su casa –empiezo por confesarle, tres días después.

–No. Yo voy a seguir saliendo a defender lo que creo –dice. Está vestida de negro, aún sin maquillaje. Son las ocho de la mañana del sábado y se hace tarde. La esperan en Tunja al mediodía para clausurar un taller de derechos humanos. En su apartamento de la calle 26, en el centro, se oye la voz de Pete ‘‘El Conde’’ Rodríguez. Catalina la O suena a un volumen que haría suponer que es medianoche y la rumba va por su mejor momento. Los colores alegres que se repiten en sus turbantes abundan en su casa. Esculturas africanas, cuadros de Ana Mercedes Hoyos, Saturnino Ramírez, Diego Pombo. Los ventanales dejan ver con privilegio los cerros bogotanos. Su hija Natalia, tímida, termina de alistar a Estefanía para llevarla a su clase de natación.

Estefanía tiene dos años y medio. Es la primera nieta de Piedad.

Minutos después, la senadora se sube a una Toyota blindada con dos discos de salsa en una mano y los periódicos del día en la otra. Los hojea despacio.

–¡Cómo me molestan las mentiras que de tanto repetirse se convierten en verdad! –dice y señala con su índice derecho una foto de Íngrid Betancourt que publica El Tiempo: “Mujeres latinas dedicadas a la filantropía son homenajeadas. Entre ellas está la colombiana Íngrid Betancourt por su lucha en favor de los secuestrados”. ¿Ah? –¿Ha hablado con ella después de su rescate? –le pregunto. –No. Yolanda, su mamá, me ha llamado dos veces. Yo de Íngrid me hubiera quedado aquí, mínimamente, a agradecer a los que tanto trabajamos por su liberación.

El huracán de voces contra Piedad empezó a aparecer, precisamente, después de que ejerció como facilitadora en la búsqueda de un acuerdo humanitario con las Farc. Piedad se internó en el monte para hablar con ‘‘Raúl Reyes’’; buscó al presidente Hugo Chávez como mediador; se la jugó en un proceso que al principio tuvo el aval del presidente Álvaro Uribe, pero que terminó por irse al barranco. Aunque antes alcanzó a dar frutos: hubo liberaciones unilaterales y el tema del secuestro –por fin– ocupó la primera plana mundial que merecía. No obstante en ese período Piedad pareció tomar un camino sin retorno. Su cercanía extrema a la causa bolivariana –en momentos en que Chávez hablaba de las Farc como fuerza beligerante y no terrorista–, no era bien recibida en Colombia. A eso se sumaban otros hechos como que durante un foro en México les pidiera a los países suramericanos romper relaciones diplomáticas con Colombia, o apareciera en fotos con boina guerrillera abrazada a ‘‘Iván Márquez’’.

–¿Haría hoy las cosas de otro modo?

–Haría todo igual. Me vuelvo a poner la boina, me vuelvo a tomar la foto. Vuelvo a decir lo que dije en México. Es más, creo que allá me quedé corta.

– ¿No siente que a veces se le ha ido la mano?

– ¿A quién? ¿A mí o al Presidente que mete a narcotraficantes en la Casa de Nariño?

En la camioneta no lleva sintonizadas las noticias. Tampoco ha vuelto a ver noticieros de televisión. Terminaría con su autoestima por el suelo o cortándose las venas, quién sabe. “¿Qué más pueden inventar? Dijeron que me había cambiado la nacionalidad, que andaba gastando con la tarjeta de crédito de Chávez. Pero lo peor fue eso de que era su amante. Qué vergüenza. Mi temor era que él creyera que el chisme había salido de mí. Era probable que lo pensara. Y eso me llevó a alejarme. Tanto que él está sorprendido de lo perdida que ando”. Entre los dos existe una muy buena amistad afianzada, explica, en el hecho de que ambos han vivido en carne propia la discriminación. “Somos afrodescendientes, gente de pueblo que se hecho a pulso”.

Suena su celular y aparece la voz de Alejo Durán: El hombre que trabaja y bebe, déjenlo gozar la vida... Es su ringtone. La buscan de un noticiero:

quieren saber su opinión sobre el busto de ‘‘Tirofijo’’ en una plaza de Caracas. De eso no va a hablar, les responde. Ha decidido no dar chance a más polémicas. No va a entrar en el juego y “ayudarles a ocultar los escándalos del gobierno”. Está prudente y no kamikaze.

Piedad córdoba ruiz lleva 53 años contra la corriente. hija de lía, una mujer blanca y de ojos azules, y de Zabulón, un negro chocoano, Piedad nació en Medellín y supo desde niña qué era la exclusión. Ambas familias se opusieron al matrimonio de sus padres: una blanca y un negro en la mitad del siglo pasado y en una sociedad tan tradicionalista como la antioqueña. “Los vecinos nos insultaban –recuerda doña Lía–. Cuando salía a pasear con Piedad, la gente me preguntaba ¿esa niña sí es hija suya?, ¿no se la cambiaron?”. En lugar de esconderse, su mamá le enseñó a no sentirse menos que nadie.

Dice que fue ella quien le inculcó ese espíritu combativo. Quería que estuviera orgullosa de su herencia y le enseñó a declamar poesía negra. Ganó muchos concursos, uno de ellos el departamental, cuando ya estaba por graduarse de abogada en la Pontificia Bolivariana. Influenciada por su abuela materna, que tenía en su casa un kínder para niños sin recursos, se interesó por las causas populares. Esa ha sido su lucha: las minorías. Los afrodescendientes, los desplazados, las madres cabeza de familia, los homosexuales, los secuestrados. Ese trabajo no se lo niega nadie.

A Tunja fue a hablar de la necesidad del acuerdo humanitario. Un grupo de jóvenes la recibió en la Plaza de Bolívar con una obra de teatro. “Es una berraca”, dijo un hombre. “Es una infiltrada en el Partido Liberal”, soltó otro. Olía a discusión, pero no. Las frases se perdieron entre aplausos que celebraban su discurso. “Nosotras y nosotros –dice, al mejor estilo feminista– tenemos que buscar un país mejor. Cuando me tildan de apátrida pueden tener razón: no quiero la patria que hay en estos momentos”. Sabe encender al público, cuidar los aplausos, los votos. Tiene sangre de política, al fin.

De regreso a casa, dice, como para ella misma:

–No me creo ese 83% de las encuestas. No me lo creo.

Pero esa acogida que mantiene entre sus seguidores ya no existe entre muchos que eran amigos y colegas. “Fui borrada de todas las listas. Algunos me dicen que nos veamos a escondidas. Si toda la vida he peleado contra la discriminación no voy a andar ahora por las alcantarillas”. En el Partido Liberal se volvió incómoda, unos lo dicen tras las puertas, otros de frente. “Piedad nos ha dificultado las cosas”, “a los que aspiramos a volver al Senado nos preocupa que los colombianos nos encuentren integrando una misma lista con ella”, afirmó en una entrevista el senador Héctor Elí Rojas. Se volvió algo así como “un tema que es mejor evitar”. La semana pasada llamé a más de diez personas, entre colegas suyos de bancada y analistas políticos, para preguntarles su opinión sobre la senadora. Resumo en dos frases lo que me respondían: “Estoy en una reunión, hablemos en media hora’’; “es una tema delicado, déjeme pensar y hablemos en una hora”. Después ninguno pasó al teléfono.

Muchos la preferirían callada. El ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, la define como “defensora de oficio de las Farc”. Otros valoran su trabajo. “Más allá de lo que se opine sobre la forma como lo hace, Piedad ejerce un papel fundamental. Ha defendido a capa y espada la solución negociada del conflicto frente a la opción de plomo de Uribe”, opina Daniel García-Peña. “Ella me sacó de la selva –afirma Consuelo González de Perdomo, liberada por las Farc –. Para mí está Dios y después Piedad”.

Le pregunto por la guerrilla. Por la imagen que hay de su cercanía con las Farc.

–No soy guerrillera. No estoy de acuerdo con los secuestros ni con las masacres. Pero sí creo que los guerrilleros también son colombianos. Ellos no son ‘‘made in China’’. Son ‘‘made in Colombia’’. Son el producto de una sociedad concentradora de la riqueza.

Sus amigos cercanos la rodean hoy más que nunca. “la he visto muy adolorida –dice Olga Amparo Sánchez–. No entiende por qué el país centró en ella todos los odios”. Tampoco debe parecerle tan extraño: los insultos ya la rodeaban al empezar su carrera política en Medellín. Cuando creó un programa para carnetizar prostitutas –siendo funcionaria de la Alcaldía, uno de sus primeros cargos– decían que era dueña de prostíbulos; cuando defendió la ley de homosexuales, a sus hijos les gritaban maricas. “Mi mamá puede hacer llover plata y seguirá siendo una ‘negra hijueputa’”, dice Juan Luis, su hijo mayor, de 33 años, que trabaja como psiquiatra en Nueva York.

Ha tenido que lucharla incluso en casa. Su papá fue un hombre de carácter fuerte, muy duro con ella. Cuando tenía 18 años, Piedad decidió casarse con Luis Castro, un sociólogo negro que trabajaba en el Sena y que no era aceptado por don Zabulón. Piedad se impuso y se casó: sobre todo para ganarle el pulso a su papá. Tuvieron cuatro hijos, pero el matrimonio se acabó. El “florero de Llorente” –como lo describe Juan Luis– fue que su esposo, preocupado por las amenazas que caían sobre la familia, un día llegó a casa con una pistola. “Se armó Troya. Mamá no quería armas en casa”, dice Juan Luis. Acabaron separándose. Poco después vino el exilio. Piedad viajó con sus cuatro hijos a Canadá, sin un peso. Los cinco tuvieron que trabajar en limpieza; ella como empleada en la casa donde los recibieron y ellos en una cadena de restaurantes.

Sus hijos se han visto obligados a vivir en el exterior. Todos menos el menor, César Augusto, que hoy tiene 23 años y vive en Medellín. “Me preocupa tanto. Tiene un pequeño retardo, y no puede defenderse”, dice Piedad. César sufrió una lesión cerebral al nacer, en medio de un parto complicado, y quedó con algunos problemas cognitivos. “Es difícil para él estar solo, vivir por sí mismo”, explica Juan Luis. Empezó a estudiar música, pero hace poco tuvo que retirarse. Al darse cuenta de dónde venía su apellido, algunos compañeros lo insultaban e incluso llegaron a pegarle. Piedad cuenta que el rector la llamó para decirle que no podían garantizar su seguridad.

Guarda silencio unos segundos y luego vuelve:

–A veces pienso: ¿esto sí valdrá la pena?

Piedad es alegre, baila salsa, hace chistes, es peliona, boquisuelta, pero basta un tiempo en silencio junto a ella para darse cuenta de que detrás de ella hay un dolor. Y no es de color político. No es preocupación por los juiciosque se adelantan en su contra ni por lo que puedan gritarle por las calles. Hacia el 2004 su hija Natalia desapareció. Un día, sin más, no supo de ella. Tenían una relación muy buena. Diferencias pequeñas, nada como para desaparecer durante años. ¿Qué había pasado? ¿La habían secuestrado? ¿La habían matado? Simplemente se esfumó. “Mamá me llamaba y pasaba toda la noche llorando por teléfono”, recuerda Juan Luis. Desesperada por la falta de pistas, el año pasado aceptó la sugerencia de una amiga y acudió a unos videntes para que trataran de ubicar a su hija. Dio resultado. Luego, con ayuda de las autoridades, la rescataron cerca de Cúcuta, al parecer retenida por una secta religiosa. Estaban en condiciones lamentables. Ella, y la hija que había tenido, Estefanía. Natalia, que hoy cuenta 25 años, debió pasar dos meses hospitalizada. Cuando regresó pesaba 41 kilos.

Piedad prefiere no hablar del tema. Manifiesta que todavía no está preparada. Pero sus hijos dicen que esa experiencia la marcó hasta la muerte.

–¿No ve la tristeza en la cara de Natalia? Tengo que cuidarla tanto. Ya está de regreso en Bogotá. Su celular vuelve a sonar y en la pantalla se ve una foto de Estefanía. Del otro lado de la línea le piden una cita de trabajo. Quedan de verse esa misma noche, a las ocho. Hace una escala en un salón de belleza y revisa su agenda con su asesor. Parece tener una respuesta a su propia pregunta: sí, vale la pena seguir.

Fuente:http://www.revistadonjuan.com/artic...

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